MEGEVE: Pierre Margara: “La inteligencia artificial puede imitar mi estilo, pero le faltará mi último golpe de cincel”

 

El escultor de la Alta Saboya, Caballero de las Artes y las Letras, presenta en Megève una gran retrospectiva que revela la esencia de su obra en bronce. Tras más de medio siglo vinculado al pueblo alpino, reivindica la talla directa, la intuición y la expresión de las emociones humanas como contrapunto a una época dominada por los algoritmos.

Un paisaje alpino donde el tiempo se detiene

La luz de los Alpes franceses tiene una cualidad particular; parece filtrarse a través de los siglos, acariciando la madera y el mármol con la misma paciencia con la que lo hace el viento sobre los abetos. En este escenario, donde el tiempo parece detenerse y acelerarse al mismo tiempo, se erige la figura de Pierre Margara. Este sábado 27 de junio, gracias a la invitación y el patrocinio de Megève Tourisme, nos adentramos en el Espace d'Arts moderne et contemporain Edith Allard para conversar con el escultor en el marco de su exposición Pierre Margara, L'intuition des Cimes.

Pierre Margara y su refugio en Megève

A sus más de ochenta años, con las manos marcadas por décadas de diálogo con la materia, Margara no parece un hombre que habite el presente inmediato, sino un cronista de la eternidad. Lleva más de medio siglo residiendo en Megève. "El centro del pueblo, por su arquitectura, no ha cambiado en absoluto", nos cuenta con una voz pausada, mientras observamos los moldes de bronce que ocupan la sala. "Pero los alrededores han construido mucho. Y en cuanto a la vida social... antes había pequeños bistrós donde todo el mundo se mezclaba, los jóvenes con los ancianos, los campesinos con los turistas. Hoy eso ha desaparecido. Es como en todas partes, las nuevas generaciones han traído otras dinámicas, dos vidas diferentes que ya no se tocan".



Nacido en Saboya, a orillas del lago de Aix-les-Bains, Margara encontró en la montaña de Megève su verdadero refugio. "No es la alta montaña hostil, es una montaña verdoyante, pastoral, con granjas. Un lado profundamente reposante", explica. Esa paz aparente, sin embargo, esconde una tensión creativa feroz. Margara es un maestro de la talla directa. No hace maquetas. No dibuja planes inmutables. "Pongo una vaga idea en mi imaginario, hago un croquis, pero una vez que estoy frente a la materia, las líneas nacen de la inspiración", confiesa.

La disciplina de la talla directa

Para entender su filosofía, Margara recurre a una metáfora brillante: "Un escultor de talla directa es como un actor de teatro, mientras que el pintor o el escultor de arcilla son como actores de cine. Si un pintor se equivoca de color, puede repintar. Si trabajas la tierra, puedes quitar y añadir. Pero en el teatro, en el escenario, no tienes derecho a fallar. Tienes que ser preciso, estar en el momento". En la talla directa, en la madera o en el mármol, no hay red. El error es definitivo. "Es muy largo, muy exigente, pero es lo que me excita. Hay que ser delicado, no te puedes equivocar".

Bronce: proceso y materia viva

Esta exigencia es la que vertebra la actual exposición en el Espace Edith Allard. Tras una primera entrega retrospectiva, esta segunda fase nos sumerge en las entrañas del bronce. Los visitantes no solo contemplan la obra terminada, sino el proceso, la gestación. Se exhiben los moldes, las técnicas de cera perdida, la relación simbiótica con los fundidores. "El bronce es diferente", apunta el artista, cuyas manos viajan a la Toscana, a Carrara, para trabajar el mármol y supervisar las fundiciones. "Llevo mis originales a los fundidores y ellos hacen el trabajo técnico. Pero cuando me devuelven la pieza, no es una simple transposición de la madera al metal; es una encarnación. La materia vive".

La inteligencia artificial y el límite de la imitación

Sin embargo, hablar con Margara es hablar de un mundo en vertiginosa mutación. Cuando la conversación deriva hacia la inteligencia artificial y las máquinas de control numérico que hoy pueden tallar un bloque de mármol en horas, o generar miles de imágenes en segundos, sus ojos se entornan. "En la Toscana ya hay robots que pueden reproducir cualquier cosa. Te ponen unas gafas de realidad virtual, se las das a la cantera, y un mes después tienes tus gafas talladas en mármol de cuatro metros", reflexiona con una mezcla de asombro y melancolía.

¿Amenaza esto al arte? Margara niega con la cabeza, pero advierte sobre la pérdida del alma. "Tengo un amigo, Jacques Revaux, que compuso My Way. Ahora, con la inteligencia artificial, se componen 5.000 canciones al día en todos los estilos. Jacques también debe preguntarse qué está pasando. Pero yo puedo tomar un trozo de madera y crear algo que responda a mi sensibilidad de hoy. La IA puede tomar todo lo que he hecho y componer una escultura a partir de mi estilo, sí. Pero, ¿tendrá la misma sensibilidad? ¿Tendrá mi último golpe de herramienta? Ahí está el misterio".

Reconocimiento, emoción y vida vitalista

Esa intemporalidad le ha valido el reconocimiento institucional. Fue nombrado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras. Pero lejos de la vanidad, el escultor aborda las medallas con la ironía de quien sabe que el verdadero arte ocurre en el silencio. "Hace mucho que conozco a grandes hombres; cuanto más han hecho, menos se toman en serio a sí mismos. Esa noche fue una bella fiesta con mis amigos, pero no me quedo anclado ahí. No llevo mi insignia todo el día. En Francia hay mucha gente que se pelea por una medalla, que necesita tenerla. Yo no soy ese caso. No es una prueba de mi calidad como escultor".

¿Y cuál es, entonces, la verdadera recompensa? "Si hago un vernissage y hay doscientas personas, pero solo una se detiene frente a una de mis esculturas, la mira, y se le saltan las lágrimas... para mí, eso es más grande que si tuviera el Estadio de Francia lleno aplaudiendo. Mi voz era la escultura. La emoción del otro es lo único que importa".



Y es que Pierre Margara es un vitalista. Cuando se le pregunta por el momento más hermoso de su vida, no duda un instante, rompiendo todos los moldes del pudor burgués con una carcajada: "Creo que el momento más grande de nuestras vidas es el orgasmo. ¿Qué supera al orgasmo? Estar con alguien a quien amas, nada".

Pero la vida también se saborea, y Margara es un devoto de la gastronomía, un arte que considera hermano de la escultura. "Adoro la cocina. Vivo en el mundo de los grandes chefs". Hace apenas unos días, celebraba su cumpleaños en Megève, invitado por Emmanuel Renaud, el chef del Flocon de Sel (tres estrellas Michelin), quien recientemente cocinó para los líderes del G7 en Evian. "Ayer mismo estaba con Jean Sulpice, otro gran chef, a orillas del lago de Annecy. La vida es demasiado corta, me habría gustado tener talento para otros artes, pero la escultura es tan larga, tan absorbente...".

Mientras la tarde cae sobre los Alpes y la luz en el Espace d'Arts Edith Allard se vuelve dorada, Margara señala hacia el otoño. "L'intuition des Cimes" no ha terminado. En el otoño de 2026, el ciclo se cerrará con una selección de sus grandes proyectos públicos, esas obras que dialogan con la historia y la tragedia. "No podemos olvidar Europa", murmura, refiriéndose al inmenso símbolo de bronce en el corazón de Albertville, capital de los Juegos Olímpicos de 1992. "Ni el Memorial a las víctimas del túnel de Mont Blanc, una tragedia de resonancia internacional. O el Homenaje a My Way, donde el hombre toma un camino guiado por las manos de un piano".

Pierre Margara se despide con la humildad de los verdaderos creadores. "Un artista, hoy en día, debe vivir en la duda. Nunca pensar que ha llegado. Siempre debe haber un signo de interrogación en su cabeza: ¿Qué he hecho? Sí, hice esto. ¿Y entonces?".

Mientras caminamos de regreso por la ruta del Palais des Sports, con la silueta de las cumbres recortándose contra el cielo violeta de Megève, comprendemos que la intuición de Margara no es solo la de las montañas que lo rodean. Es la intuición de las cumbres del espíritu humano, esas que ni los algoritmos, ni las modas, ni el paso implacable del tiempo, podrán tallar jamás.


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