Toulouse, la ciudad rosa: dos horas caminando por más de dos mil años de historia
Caminar por Toulouse es recorrer una ciudad que no se explica, se descubre. Esta ruta guiada en español de casi dos horas, organizada por la Oficina de Turismo de Toulouse, propone un viaje continuo a través del tiempo, desde la ciudad romana hasta la capital europea de la aeronáutica, siguiendo un itinerario donde cada calle, cada ladrillo y cada plaza cuentan una historia. Toulouse no es una ciudad museo: es una ciudad viva, habitada, joven y profundamente orgullosa de su identidad.
Toulouse mantiene desde hace décadas un vínculo profundo con el mundo hispanoamericano, visible tanto en su historia cultural como en su vida artística contemporánea. Aquí vivió y cantó Carlos Gardel en sus primeros años en Francia, dejando una huella temprana del tango rioplatense en Europa y convirtiéndose en uno de los primeros puentes emocionales entre la ciudad y Hispanoamérica. Ese lazo sigue vivo hoy a través de Cinélatino, el gran festival de cine hispanoamericano de Toulouse, donde películas peruanas como Diógenes han sido celebradas por la crítica y el público, y donde creadoras como Joanna Lombardi, hija del reconocido director Francisco Lombardi, han presentado su trabajo y dialogado con espectadores europeos. Historias que cruzan el Atlántico, se proyectan en pantallas francesas y confirman a Toulouse como un espacio de acogida cultural donde Hispanoamérica —y también el Perú— no es extranjera, sino parte viva del relato de la ciudad.
La visita comienza allí donde todo empezó, en el antiguo trazado romano de Tolosa. Aunque a simple vista cueste imaginarlo, bajo las calles actuales se esconde una ciudad organizada según los cánones romanos clásicos. El eje norte-sur, el antiguo cardo maximus, sigue siendo hoy una de las principales arterias comerciales. Comprar ropa, entrar en una tienda o tomar un café significa, sin saberlo, caminar exactamente por donde hace dos mil años se concentraba la vida económica de la ciudad. Toulouse ha integrado su pasado en la vida cotidiana con una naturalidad sorprendente.
El recorrido conduce rápidamente hacia el verdadero corazón de la ciudad: la Plaza del Capitolio. Aquí late Toulouse desde la Edad Media, cuando fue capital de un territorio casi independiente entre los siglos X y XIII. El edificio que hoy preside la plaza no es el original, sino el resultado de múltiples transformaciones. Tras la Revolución Francesa se abandonó el antiguo sistema de gobierno de los capitouls, aquellos poderosos comerciantes que durante siglos dirigieron la ciudad, y el Capitolio se convirtió en ayuntamiento y sede administrativa. Sin embargo, su fachada sigue recordando ese pasado, con las ocho columnas que simbolizan a los ocho capítouls que gobernaban Toulouse.
Bajo la fachada monumental se abre una galería cubierta que forma parte de un proyecto arquitectónico más ambicioso que nunca llegó a completarse. Estaba previsto construir tres galerías, pero la falta de presupuesto obligó a conformarse con una sola. Hoy, ese espacio se ha convertido en uno de los lugares más fotografiados de la ciudad. Sus muros están decorados con una gran composición artística que narra la historia de Toulouse a través de personajes, acontecimientos, música y escenas de la vida local. Al amanecer o al anochecer, cuando la iluminación resalta los colores y los volúmenes, la plaza adquiere un aire casi teatral.
A pocos pasos, la vida cotidiana se impone. Dos veces por semana, los martes y los sábados, la plaza y sus alrededores acogen uno de los mercados ecológicos más importantes de la ciudad. Frutas, verduras, pescado, carne, huevos y productos regionales llenan los puestos, recordando que Toulouse sigue siendo una ciudad profundamente ligada a su territorio. No es casualidad que muchos la definan como una ciudad donde se vive bien, con un ritmo más cercano al Mediterráneo que al norte de Francia.
Ese carácter se refleja también en su apodo más famoso: la ciudad rosa. El color no es un recurso poético, sino una consecuencia directa de la geografía y de la historia. En esta región del suroeste francés escasea la piedra, por lo que durante siglos el material de construcción por excelencia fue el ladrillo de barro cocido. Mezclado con cal, ofrece esa tonalidad rosada tan característica, que cambia con la luz del día. Para reducir costes, muchos elementos decorativos se realizaron en barro cocido pintado de blanco, lo que permitió una ornamentación abundante y económica. Cabezas de leones, guirnaldas, ángeles o figuras mitológicas decoran todavía las fachadas del centro histórico.
El aspecto actual de la ciudad está profundamente marcado por un acontecimiento dramático: el gran incendio de 1463. El fuego arrasó buena parte de Toulouse, entonces llena de casas de madera, y obligó a replantear su arquitectura. A partir de ese momento, el ladrillo se impuso definitivamente y la ciudad se reconstruyó manteniendo su trazado medieval. Muchas de las casas que hoy admiramos en el casco antiguo datan de finales del siglo XV y del XVI, fruto de esa reconstrucción.
Durante siglos, Toulouse prosperó gracias al comercio, especialmente al del pastel, un pigmento azul extraído de una planta local que dio una riqueza inmensa a ciertas familias. Aquel “oro azul” convirtió a Toulouse en una de las ciudades más ricas del Renacimiento francés. Junto a ese legado, otro símbolo ha llegado hasta nuestros días: la violeta. Aún hoy, caramelos, dulces y perfumes de violeta siguen siendo uno de los recuerdos más emblemáticos de la ciudad, producidos en pequeñas cantidades en el norte del área urbana.
Lejos de ser un decorado turístico, el centro histórico es un barrio vivido. Tiendas, panaderías, bares y restaurantes conviven con viviendas habitadas. Toulouse es una ciudad joven: cerca del 30 % de su población tiene menos de 35 años, en gran parte gracias a una universidad que acoge a más de 125.000 estudiantes. Esa juventud da a la ciudad una energía constante, visible en sus calles a cualquier hora del día.
El recorrido desciende entonces hacia el río Garona, tan bello como peligroso. Nacido en los Pirineos españoles, el río atraviesa Toulouse antes de dirigirse hacia Burdeos y el Atlántico. A lo largo de la historia ha sido una fuente de riqueza, pero también de tragedias. En 1875, una inundación histórica hizo subir el nivel del agua nueve metros, una marca todavía visible en algunos edificios. En 2022, el río volvió a crecer más de cuatro metros, recordando que la Garona sigue siendo una fuerza a respetar.
Sobre el río se alza uno de los grandes símbolos de la ciudad: el Puente Nuevo, que paradójicamente es el más antiguo. Terminado en el siglo XVII, fue considerado una obra revolucionaria por su diseño. Sus pilares están perforados por grandes orificios que reducen la fuerza de la corriente durante las crecidas, lo que explica que haya resistido todas las inundaciones. En uno de esos pilares se esconde un detalle curioso: un pequeño diablo rojo, esculpido según la tradición por el arquitecto Pierre Souffron. La leyenda cuenta que el diablo ayudó a terminar el puente a cambio de su alma, aunque finalmente fue engañado.
Frente al puente se impone el conjunto hospitalario de La Grave, antiguo hospital para peregrinos del Camino de Santiago y hoy Patrimonio Mundial de la UNESCO. Durante siglos acogió a huérfanos, pobres, enfermos y vagabundos. Su cúpula, perfectamente reconocible, forma parte de la imagen más conocida de Toulouse.
Muy cerca se encuentra la Basílica de La Daurade, reconstruida en el siglo XIX. Su nombre recuerda los antiguos mosaicos dorados que decoraban su interior medieval. Alberga una impresionante Virgen Negra de casi dos metros de altura, vestida con trajes que se cambian según las festividades, algunos de ellos auténticas piezas históricas.
El paseo continúa hacia uno de los monumentos más singulares de la ciudad: la Iglesia de los Jacobinos. Obra maestra del gótico meridional, sorprende por su nave única y por sus columnas que se abren en lo alto formando una espectacular palmera de piedra. Fue iglesia conventual de los dominicos y nunca parroquial. Aquí reposan las reliquias de Santo Tomás de Aquino, traídas desde Italia en el siglo XIV, lo que convirtió este lugar en un centro espiritual de primer orden.
El recorrido culmina en la Basílica de Saint-Sernin, la joya de Toulouse. No es la catedral, pero sí la iglesia más famosa y más visitada. Clasificada como Patrimonio Mundial de la UNESCO, es la iglesia románica más grande de Francia y una de las etapas clave del Camino de Santiago. Construida entre los siglos XI y XIV, impresiona por sus cinco naves, su cripta y la riqueza de sus reliquias. Durante siglos, miles de peregrinos pasaron por aquí camino de Compostela, y todavía hoy se percibe ese espíritu de acogida.
La figura de San Saturnino, primer obispo de Toulouse, está íntimamente ligada a uno de los episodios más antiguos y simbólicos de la ciudad. Según la tradición, Saturnino —conocido en francés como Saint-Sernin— llegó a Tolosa en el siglo III para evangelizar una ciudad todavía profundamente romana y pagana. Su predicación provocó tensiones con las autoridades locales, especialmente cuando se negó a participar en los rituales dedicados a los dioses romanos. Como castigo, fue condenado a una muerte ejemplar: atarlo a un toro salvaje y hacerlo recorrer la ciudad a la carrera. El animal, enloquecido, arrastró el cuerpo del obispo por las calles hasta que murió a causa de las heridas. La leyenda cuenta que el recorrido terminó en el lugar donde hoy se levanta la Basílica de Saint-Sernin, construida siglos más tarde sobre su tumba, convirtiéndose en uno de los grandes centros de peregrinación de Europa. Este martirio no solo dio origen al principal santuario de Toulouse, sino que también dejó una huella profunda en la memoria urbana: la imagen del toro quedó asociada para siempre al nacimiento del cristianismo local y al sacrificio fundacional de la ciudad. Toulouse no solo recuerda a San Saturnino como su primer obispo, sino como el símbolo de una fe impuesta con sangre en un territorio que, durante siglos, fue frontera religiosa, política y cultural.
Al finalizar la ruta, queda clara una cosa: Toulouse no es solo un conjunto de monumentos. Es una ciudad donde la historia convive con la vida cotidiana, donde el pasado no se conserva en vitrinas, sino que se camina, se toca y se respira. Una ciudad rosa, joven y orgullosa, que se revela paso a paso a quien se toma el tiempo de recorrerla.
.jpeg)
.jpeg)

.jpeg)
.jpeg)

.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)


.jpeg)
.jpeg)