Una noche inolvidable en la Halle aux Grains de Toulouse con Giedrė Šlekytė y Nelson Goerner

 

El 31 de enero de 2026, la Halle aux Grains de Toulouse acogió uno de esos conciertos que no se limitan a cumplir un programa, sino que construyen una experiencia. Bajo el título de Grand concert symphonique, L’Orchestre national du Capitole ofreció una velada marcada por la danza, la energía rítmica y una profunda carga emocional, dirigida por Giedrė Šlekytė y con Nelson Goerner como solista al piano. El resultado fue una noche que combinó modernidad, romanticismo y tradición centroeuropea con una intensidad poco común.

La apertura del concierto estuvo dedicada a heliosis de la compositora austríaca Hannah Eisendle, una obra contemporánea que se ha impuesto rápidamente en las salas internacionales. La pieza evoca un calor extremo, casi físico, donde el aire parece volverse denso y vibrante bajo un sol abrasador. Šlekytė, que ya la ha dirigido en varias ocasiones, explicó en entrevista que se trata de una obra cuya orquestación considera “particularmente lograda”, capaz de transmitir una sensación de calor excesivo y movimiento continuo. Desde los primeros compases, la orquesta desplegó una paleta sonora incandescente, estableciendo un clima que atrapó al público desde el inicio.



La figura de Giedrė Šlekytė merece una atención especial. Procedente de Lituania, país que en los últimos años ha revelado una notable generación de directoras y directores —junto a nombres como Mirga Gražinytė-Tyla—, Šlekytė se ha consolidado como una de las batutas más solicitadas de su generación. Invitada habitual en casas tan prestigiosas como el Covent Garden, la NIK de Tokio o la Orquesta Filarmónica de Radio France, su llegada al Capitole confirma ese ascenso constante. En la entrevista previa al concierto, la directora subrayaba la importancia que el repertorio operístico ha tenido en su formación: “Muy pronto tuve claro que quería dirigir ópera”, afirmaba, destacando también el reto que supone equilibrar el calendario entre producciones operísticas planificadas con años de antelación y la flexibilidad del repertorio sinfónico. Esa experiencia en la ópera se percibió claramente en su manera de respirar con la orquesta, atenta al fraseo y al acompañamiento del solista.


El centro emocional del concierto llegó con el Concierto para piano n.º 2 de Frédéric Chopin, interpretado por Nelson Goerner. Pianista argentino de trayectoria internacional, Goerner es reconocido como uno de los intérpretes más profundos y honestos del repertorio romántico, y especialmente de Chopin. Pero lo que ocurrió esa noche fue más allá de una interpretación técnicamente impecable: Goerner tocó sin partitura, completamente entregado a la memoria y a la escucha, como si el piano fuera una prolongación natural de su cuerpo.

La imagen evocaba inevitablemente una escena de cine clásico: el pianista solo frente al teclado, concentrado, libre, casi como un músico de bar en una película como Casablanca, donde la música surge con naturalidad, sin artificio, cargada de nostalgia y verdad. No había distancia entre el intérprete y la obra; cada frase parecía surgir de un recuerdo íntimo. La orquesta, bajo la dirección atenta de Šlekytė, se convirtió en un interlocutor sensible, sosteniendo al piano con discreción y elegancia.

En la entrevista, la directora confesaba su entusiasmo por trabajar por primera vez con Goerner: “Chopin es uno de los compositores más importantes para los pianistas. Yo misma estudié piano desde los seis años, así que este repertorio me acompaña desde siempre”. Esa afinidad se tradujo en una interpretación de gran coherencia artística, donde el segundo movimiento flotó con una poesía casi suspendida en el tiempo, y el final, inspirado en la mazurca, combinó elegancia y un sutil impulso danzable.


Tras el intermedio, la Sinfonía n.º 7 de Antonín Dvořák cerró la velada con una fuerza imponente. Lejos de la más conocida Sinfonía del Nuevo Mundo, esta séptima sinfonía revela un Dvořák profundo, dramático y apasionado. Šlekytė confesaba en la entrevista su auténtica fascinación por la música checa: “Siento un verdadero culto por Dvořák, Janáček, Martinů… La Séptima es probablemente mi sinfonía favorita, imponente y profundamente inspiradora”. Esa admiración se percibió en una lectura intensa, donde la majestuosidad formal convivió con los ritmos bohemios, especialmente en un scherzo de energía contagiosa.

El segundo movimiento, descrito por la directora como “una gran arco”, fue uno de los momentos más conmovedores de la noche, sostenido por una orquesta flexible y expresiva. La experiencia operística de Šlekytė volvió a hacerse presente en la manera de construir tensiones, de dar espacio al lirismo sin perder el pulso dramático.

Al final del concierto, el público respondió con largos y cálidos aplausos, conscientes de haber asistido a algo más que una sucesión de obras: una verdadera narración musical. La combinación de una directora en pleno ascenso, un pianista en estado de gracia —libre de partitura, libre de artificios— y un programa inteligentemente construido convirtió esta cita en un acontecimiento destacado de la temporada sinfónica.

Una noche donde el fuego contemporáneo, el romanticismo íntimo y la grandeza sinfónica dialogaron con naturalidad, dejando una huella duradera en la memoria de quienes estuvieron allí.


Entradas populares de este blog

TAC 2020. ConTACto: gala de danza

CASA NACIONAL DE MONEDA DE POTOSÍ, BOLIVIA

MONASTERIO SANTA CATALINA. Arequipa, Perú

PARQUE CRETÁCICO, SUCRE, BOLIVIA.

MUSEO DE ARTE INDÍGENA. SUCRE, BOLIVIA

Mentir lo Mínimo. L´été de Vaour 2021

Basílica de San Francisco. SUCRE, BOLIVIA

Z el camino de la libertad (El Zorro). AVIÑÓN 2023

Les frères Colle. Aviñón 2021

MUSEF. LA PAZ, BOLIVIA