Lucia di Lammermoor en el Capitole de Toulouse

En la historia del bel canto italiano existen obras que no solo sobreviven al tiempo, sino que se convierten en referencias absolutas del repertorio operístico. Lucia di Lammermoor, estrenada en 1835 en el Teatro San Carlo de Nápoles, pertenece sin duda a esa categoría. En la reciente reposición presentada por la Opéra national du Capitole de Toulouse, la obra de Gaetano Donizetti no solo reafirmó su condición de cumbre del romanticismo italiano, sino que se convirtió también en un acto de memoria colectiva, al ser dedicada a la figura inmensa del bajo-barítono belga José Van Dam.


Antes del inicio de la representación, el director del teatro, Christophe Ghristi, tomó la palabra para recordar a quien calificó como “una figura inmensa del arte lírico del siglo XX”. Su homenaje subrayó tanto la dimensión artística como pedagógica del cantante, evocando su legado en la Chapelle Musicale de Bruselas y su influencia en nuevas generaciones de intérpretes, entre ellos el tenor Valentin Thill, presente en el reparto. Ghristi recordó asimismo la excepcional discografía del artista, con colaboraciones históricas bajo la batuta de Herbert von Karajan, y evocó su creación del papel de Saint-François d’Assise de Olivier Messiaen. La dedicatoria de la función a José Van Dam convertía así la velada en un diálogo entre tradición, transmisión y memoria, valores esenciales en el mundo de la ópera.



Este gesto simbólico encajaba con la propia naturaleza de Lucia di Lammermoor, una obra en la que la tradición del bel canto alcanza uno de sus momentos de mayor perfección expresiva. Según explicó Christophe Ghristi en su presentación pública, una temporada de ópera debe ser “flamboyante” y “ecléctica”, capaz de mostrar contrastes. En este sentido, la programación de Lucia tras La pasajera evidenciaba la amplitud del género operístico: dos obras de épocas y lenguajes distintos, pero unidas por la intensidad dramática y la potencia emocional que caracterizan al arte lírico.

Para el director del Capitole, la partitura de Donizetti constituye uno de los “grandes picos del repertorio italiano”, repleta de páginas célebres y momentos de virtuosismo dramático. Destacó especialmente la monumental escena de la locura, el sexteto del segundo acto y la muerte de Edgardo, episodios que combinan lirismo, tensión y teatralidad con una eficacia musical excepcional. Estas páginas exigen intérpretes de gran calibre, capaces de conjugar técnica, expresión y presencia escénica, así como una dirección musical que sostenga la arquitectura dramática de la obra.

La producción presentada en Toulouse posee, además, un valor histórico propio. Se trata de la puesta en escena de Nicolas Joël, con escenografía de Ezio Frigerio, vestuario de Franca Squarciapino y luces de Vinicio Cheli. Este equipo creativo, responsable de numerosos espectáculos memorables, concibió una Lucia que se ha convertido en uno de los emblemas del teatro. La producción ha viajado por todo el mundo, incluyendo representaciones en el Metropolitan Opera de Nueva York, y su regreso al Capitole supone casi un acto de despedida, una última ocasión para revisitar una estética que forma parte del patrimonio de la casa.

Pero el valor de esta reposición no reside solo en su dimensión histórica. La obra misma conserva una fuerza dramática que sigue fascinando al público contemporáneo. Inspirada en la novela The Bride of Lammermoor de Walter Scott, la ópera narra un conflicto entre familias rivales en la Escocia del siglo XVII, donde los intereses políticos y económicos se imponen sobre los sentimientos individuales. Lucia, atrapada entre el amor por Edgardo y la presión de su hermano Enrico para que contraiga matrimonio por conveniencia, encarna la figura romántica de la heroína víctima del destino.

La tragedia se desarrolla con implacable progresión: la falsificación de cartas, el matrimonio forzado, la irrupción de Edgardo en la ceremonia, la locura de Lucia tras asesinar a su esposo y, finalmente, el suicidio del amante. Sin embargo, lo que convierte esta historia en una obra maestra no es solo su argumento, sino la manera en que Donizetti transforma el drama en música.

Compuesta en apenas unas semanas, la ópera surgió en un contexto turbulento: Nápoles sufría epidemias, crisis económicas y dificultades teatrales. A pesar de ello, el estreno fue un triunfo inmediato y consolidó la reputación del compositor como uno de los grandes maestros del bel canto. En aquel momento, Donizetti compartía la escena italiana con Vincenzo Bellini y heredaba el legado de Gioachino Rossini, configurando un lenguaje musical en el que la belleza vocal se convierte en vehículo de emoción dramática.


Foto Cortesía Opera Capitole

En Lucia di Lammermoor, la música adquiere una dimensión psicológica inédita. La famosa escena de la locura constituye uno de los ejemplos más radicales de teatro musical del siglo XIX. Donizetti abandona la simple exhibición vocal para crear un auténtico monodrama, en el que la protagonista reconstruye mentalmente su boda imaginaria con Edgardo. El acompañamiento, originalmente concebido para la armónica de cristal —instrumento de sonido etéreo inventado por Benjamin Franklin—, subraya la atmósfera fantasmal de la escena. Aunque posteriormente se sustituyó por la flauta, la intención inicial revela el deseo del compositor de explorar nuevas sonoridades para expresar la fragilidad mental del personaje.

La obra contiene otros momentos de extraordinaria eficacia teatral. El sexteto del segundo acto detiene la acción para mostrar simultáneamente las emociones de seis personajes distintos, creando un instante de suspensión dramática que se ha convertido en uno de los grandes logros del repertorio operístico. Del mismo modo, la escena final de Edgardo, con su suicidio tras conocer la muerte de Lucia, anticipa el pathos de Giuseppe Verdi y anuncia la evolución futura del melodrama italiano.

Esta mezcla de virtuosismo vocal y densidad emocional explica la permanencia de la ópera en los escenarios internacionales. Como recordaba el programa del teatro, Lucia di Lammermoor ocupa una posición bisagra en la historia del género: hereda estructuras de Rossini, comparte la sensibilidad melancólica de Bellini y anuncia el dramatismo de Verdi. Su permanencia se debe a esa síntesis única entre técnica y emoción, donde la belleza sonora no es un fin en sí misma, sino el medio para expresar el conflicto humano.


Foto Mirco Magliocca

La reposición en el Capitole contó con un reparto de gran nivel, encabezado por la soprano Jessica Pratt, una de las grandes especialistas actuales del bel canto, alternándose con la joven Giuliana Gianfaldoni. Entre los intérpretes masculinos destacaron los tenores Pene Pati, Bror Magnus Tødenes y Ramón Vargas, así como el bajo Michele Pertusi y el barítono Lionel Lhote. Bajo la dirección musical inicialmente prevista de José Miguel Pérez-Sierra —posteriormente sustituido por Fabrizio Maria Carminati por motivos de salud—, el Orchestre national du Capitole y su coro aportaron la solidez musical necesaria para sostener la intensidad dramática de la obra.

En este contexto, el homenaje a José Van Dam adquiría una resonancia especial. La ópera, arte de transmisión por excelencia, vive de la continuidad entre generaciones. Recordar a un artista que dedicó su vida tanto a la escena como a la enseñanza subrayaba precisamente ese hilo invisible que conecta pasado y presente. Así, la dedicatoria de la función no fue solo un gesto protocolario, sino una reafirmación de los valores que sostienen la tradición lírica: la memoria, la excelencia artística y la formación de nuevos talentos.

En definitiva, esta Lucia di Lammermoor no fue simplemente una reposición de repertorio. Fue una celebración de la historia de la ópera, de su capacidad para emocionar y de su función como espacio de memoria cultural. En ella convivieron el romanticismo trágico de Donizetti, la herencia escénica de una producción legendaria y el recuerdo de un artista que marcó el siglo XX. El resultado fue una velada que recordó por qué la ópera sigue siendo, como afirmó Christophe Ghristi, “un género extraordinario” capaz de reunir música, drama y emoción en una experiencia irrepetible.

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