Hospital de San Pablo. BARCELONA


Sant Pau, un patrimonio de todos

El Recinto de Sant Pau es una joya de la arquitectura modernista justo aquí, tanto por su calidad arquitectónica como por su dimensión. Con 35.505 metros cuadrados de superficie, se trata del conjunto modernista más grande de Europa. Obra de Lluís Domènech i Montaner, este espacio, concebido como una «ciudad dentro de la ciudad», tal como lo definía el mismo arquitecto, fue la sede del primer Hospital de la Santa Creu i Sant Pau desde 1916 a 2009.
Sin embargo, antes de 1916, año en el que llegan los primeros enfermos al pabellón de Sant Salvador, esta institución hospitalaria ya contaba con unos cuantos siglos de historia protagonizados por el Hospital de la Santa Creu. Ubicado en el barrio del Raval, estuvo en activo desde 1401 hasta 1930, año en que se inaugura formalmente el complejo hospitalario de la Santa Creu i Sant Pau-, y fue el primer hospital general que se creó en Cataluña. Esta institución marcó parte de la historia de la medicina y de la ciudad desde finales de la edad media hasta inicios del siglo xx, cuando se hizo evidente la necesidad de construir un nuevo edificio. El crecimiento de la población y de la demanda asistencial, junto con los avances de la medicina, hicieron que la Santa Creu quedara obsoleta.

La casualidad quiso que Pau Gil (1816-1896), hijo de la burguesía catalana que vivía en París y propietario de una banca, dejara parte de su patrimonio-tres millones de pesetas de la época-para construir en Barcelona un hospital para los pobres bajo la advocación de san Pablo.

Después de largas conversaciones y negociaciones, la administración de la Santa Creu-integrada por el Ayuntamiento de la ciudad y el capítulo de la catedral- y los albaceas de Pau Gil se pusieron de acuerdo para construir un nuevo y único centro constituido por los dos hospitales, más allá de las murallas, en la zona del Guinardó. Así nació el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau.
Domènech i Montaner, uno de los arquitectos más destacados del movimiento modernista catalán, fue el encargado de realizar el proyecto hospitalario. En 1902 se puso la primera piedra de un innovador hospital que bebe de las corrientes higienistas y que se acabó convirtiendo en un referente en el ámbito de la medicina y de la formación de los profesionales de esta además de un patrimonio arquitectónico y cultural muy importante. El arquitecto ideó un conjunto hospitalario totalmente avanzado para la época. Una estructura de pabellones, rodeados de jardines que tienen una función curativa. Con un personal muy motivado y de lo mejor que había en aquella época, Sant Pau se convirtió en un hospital único, novedoso, que proporcionó servicio asistencial durante casi ochenta años. Un espacio que, desde 1997, junto con el Palau de la Música Catalana, también de Domènech Montaner, forma parte de las obras consideradas Mundial por la UNESCO.

A pesar de que Domènech dibujó un proyecto constituido por cuarenta y ocho edificios, finalmente solo se construyeron veintisiete, de los cuales doce fueron construidos por Domènech i Montaner y el resto por su hijo, que asumió la dirección de la obra a la muerte de su padre.
Cuando en 1990 la Generalitat de Cataluña entró a formar parte del patronato que gestiona la Santa Creu Sant Pau, se llegó al compromiso de construir un nuevo edificio para dar respuesta a las nuevas necesidades de la población en materia asistencial. Los edificios proyectados por Domènech Montaner presentaban problemas estructurales a causa del paso del tiempo y de las diferentes intervenciones arquitectónicas que se habían ido haciendo, y se mostraban insuficientes para dar cabida a la población necesitada de asistencia.

Después de ocho años de obras, en verano de 2009, todos los pacientes ya estaban instalados en el nuevo edificio del hospital, situado en la parte noreste del Recinto Modernista. Dio comienzo, entonces, una rehabilitación del conjunto arquitectónico de gran envergadura y sin precedentes, tanto por las características de las edificaciones y los detalles originales como por el estado de deterioro en que se encontraban. Se decidió rehabilitar los doce pabellones de Domènech i Montaner con la voluntad de recuperar las volumetrías y el esplendor originales, y condicionar el espacio para nuevos usos.


El Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, joya del patrimonio cultural de Barcelona

El Hospital de la Santa Creu i Sant Pau es el más antiguo de Barcelona y, con los más de seis siglos de trayectoria ininterrumpida, también uno de los más antiguos del mundo. Durante quinientos años ocupó el edificio histórico del barrio del Raval. y no fue hasta el siglo XX cuando se trasladó a un nuevo recinto modernista en el barrio del Guinardó, Hoy, ambos edificios son dos muestras emblemáticas del patrimonio arquitectónico catalán de todos los tiempos, representativas de los estilos gótico, barroco, neoclásico y modernista. A lo largo de su historia, el hospital ha sido pionero tanto en lo referente a su gestión como en asistencia, investigación y docencia. Ha llegado al siglo XXI convertido en un símbolo de la modernidad, la creatividad y la ambición de Barcelona y Cataluña.
Su rica y compleja historia se evoca en las páginas que siguen a continuación a través de un recorrido sintético, desde el presente hasta el pasado, fijándonos en tres fechas emblemáticas y concretas de su trayectoria: el reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad en el año 1997, el inicio de las obras de construcción del Recinto Modernista en el año 1902 y, medio milenio antes, la colocación de la primera piedra de la historia del hospital en 1401. Las tres fechas simbolizan las tres vidas del Hospital de la Santa Creu Sant Pau: los primeros cinco siglos de existencia en el barrio del Raval, la construcción y el traslado al nuevo complejo de pabellones del siglo XX diseñados por el arquitecto Lluís Domènech i Montaner y, finalmente, la recuperación patrimonial del Recinto Modernista como nuevo centro de conocimiento e innovación culturales.


Barrio del Guinardó, Barcelona, 15 de enero de 1902

El nuevo Hospital de la Santa Creu i Sant Pau fue la obra más monumental y ambiciosa de Domènech Montaner, síntesis exquisita de su producción arquitectónica. Domènech concentró en este proyecto buena parte de su energía creativa desde la colocación de la primera piedra en el año 1902 hasta su muerte en 1923. Después de su fallecimiento, fueron fieles continuadores de su obra los discípulos Francesc Julià, su hijo Pere Domènech Roura y su yerno Francesc Guardia i Vial.
El 15 de enero de 1902 se colocó la primera piedra del nuevo Recinto Modernista. Para su conceptualización, Domènech había estudiado los casos, entre otros, de las capitales británica y francesa, dos referentes indiscutibles de las infraestructuras hospitalarias contemporáneas. Sus innovaciones, pero también sus defectos, estuvieron muy presentes a la hora de diseñar el nuevo hospital general de Barcelona.

La ciudad que en el año 1901 estrenaba el nuevo siglo XX era una población en plena transformación urbanística, política y social. El desmembramiento colonial de España ocurrido tres años antes, en 1898, significó para la capital catalana, paradójicamente, el inicio de un periodo de renovación de la vida pública sin precedentes. La repatriación de capitales españoles de las antiguas colonias, sobre todo a través del barcelonés Banco Hispano-Colonial, permitió el impulso de ambiciosos proyectos detenidos hasta entonces por falta de financiación.
Desde 1901, el Ayuntamiento de Barcelona había estado dominado políticamente por los nuevos partidos democráticos, catalanistas y republicanos que se habían impuesto en las sucesivas elecciones frente a los antiguos partidos de ámbito estatal vinculados a la restauración monárquica. El cambio en los resultados electorales a partir de 1901 fue debido a la revisión del censo electoral llevada a cabo durante la alcaldía del célebre Dr. Bartomeu Robert. Antes, los resultados electorales habían sido manipulados sistemáticamente por los llamados partidos del turno, que falseaban los resultados electorales según su propia conveniencia, que consistían en los partidarios de los intereses del caciquismo y los del mismo régimen monárquico de los Borbones. No hay duda, en definitiva, de que la primera década del siglo XX fue un momento de expansión en la historia de Barcelona, solo comparable a los años posteriores a la aprobación del Plan Cerdà en 1859. Y el nuevo Hospital de la Santa Creu Sant Pau era una buena muestra de ello.

Su realización fue posible gracias a la confluencia de dos iniciativas de aquella ciudad emprendedora, donde todo parecía posible. El 30 de abril de 1896 había muerto en París, sin descendencia, el banquero catalán Pau Gil i Serra. Había dejado una carpeta cerrada que solo podía ser abierta, a su muerte, por el cónsul español en París. Dentro se encontraba su testamento, fechado en el año 1892, donde, además de dejar disposiciones para la liquidación de su negocio bancario, también legaba algunos centenares de francos a los pobres de su parroquia y unas decenas de miles a una congregación religiosa parisina, testaba cantidades considerables a favor de sus sobrinos más cercanos y, sobre todo, destinaba buena parte de su fortuna a la «fundación de un hospital civil que, con el nombre de San Pablo, se construirá en la ciudad de Barcelona conforme a las instrucciones que dejo escritas por separado». Según los cálculos de los albaceas, finalmente se destinaron más de tres millones de pesetas al proyecto.
La última voluntad del banquero Gil coincidía en el tiempo con el deseo de la Muy Ilustre Administración del Hospital de la Santa Creu de modernizar las viejas instalaciones del Raval con la construcción de un nuevo centro. Para hacerlo realidad, ya habían comprado terrenos más allá de las obras en construcción del templo de la Sagrada Familia, concretamente en la antiqua finca Milans o d'en Xifré. En ese mismo lugar, en el año 1889, los administradores de la Santa Creu habían recibido como legado una gran finca a la que añadieron otros solares hasta configurar un gran terreno donde se proyectaba situar el nuevo hospital que debía sustituir las viejas instalaciones del Raval.

Cuando Domènech i Montaner proyectó el hospital, en el año 1902, por las calles de Barcelona todavía no circulaba ningún vehículo a motor. El medio de transporte más moderno, en esos momentos, era el tranvía eléctrico. El solar del hospital se encontraba, literalmente, en la periferia de la ciudad, al igual que el templo expiatorio de la Sagrada Familia, en construcción desde hacía unos veinte años. No fue hasta unas décadas más tarde, en 1926-el mismo año de la muerte de Gaudi-, que las autoridades decidieron abrir una avenida no prevista por el Plan Cerdà entre aquellos dos hitos públicos y arquitectónicos de la nueva Barcelona: la actual avenida Gaudí, que en el momento de inaugurarse recibía el nombre de Primo de Rivera, el dictador durante cuyo régimen militar fue proyectada esta vía.
Cuando se dio por finalizada la primera fase de construcción del nuevo recinto, en el año 1913, el Ayuntamiento de Barcelona le concedió el prestigioso premio al mejor edificio artístico construido aquel año. Además, se producía una situación insólita que demuestra la singularidad de la obra y el autor premiados. En su dictamen, el jurado del premio destacaba el hecho de que Domènech i Montaner ya había recibido en dos ocasiones anteriores aquel galardón, creado poco más de una década antes y que había sido otorgado por primera vez a Antoni Gaudí por la Casa Calvet. Además, subrayaba que, de hecho, cada uno de los pabellones del hospital podía recibir, por su singularidad, el premio a titulo individual.

«Se encuentra esta vez el Jurado en circunstancias doblemente excepcionales: por una parte, un conjunto de edificios, cada uno de los cuales podría por si solo optar al premio ofrecido y que todos ellos, a su vez, forman parte de un proyecto grandioso, que ha sido y continúa siendo admiración de todas las entidades técnicas y artísticas, no solamente de España sino de las más importantes del extranjero, cuyo donante [Pau Gil] las mandó llevar a cabo para honra y utilidad de Barcelona.

Como era habitual con ese premio, el edificio lucía una placa conmemorativa. En el caso del hospital, la distinción debía ser extraordinaria.

"El ser la tercera vez que se concede el mismo premio a un arquitecto debe ser objeto de distinción especial, otorgando el Excelentísimo Ayuntamiento la medalla de oro al artista, en forma que proclame de manera excepcional esta circunstancia memorable, y consignando al mismo tiempo, en el edificio, la distinción otorgada, por medio, no de la placa que usualmente se concede, sino de otro distintivo de mayor importancia, colocado en sitio preferente del principal edificio, que demuestre y proclame, a la vez, la excelsitud del benefactor y el mérito del que realizó tan preciada obra».
Después de más de una década de disputas institucionales, finalmente, el 25 de abril de 1913, se consumaba la fusión definitiva entre los proyectos impulsados de manera simultánea por la Muy Ilustre Administración del Hospital de la Santa Creu y por los albaceas de Pau Gil: nacía el Hospital de la Santa Creu Sant Pau, que en su denominación, reunía el origen de los dos centros. Atrás quedaban también las tensas relaciones entre el arquitecto Domènech Montaner y los promotores del nuevo hospital a causa de las disputas económicas, entre los años 1904 y 1910, por el pago de la autoría del proyecto arquitectónico.

Con sus catorce hectáreas que ocupan nueve manzanas del Ensanche barcelonés, el de Sant Pau es el recinto hospitalario modernista más grande de todo el mundo. El programa arquitectónico original preveía la construcción de hasta cuarenta y ocho pabellones, con una capacidad total para un millar de pacientes, de los cuales, asimismo, solo llegarían a construirse veintisiete, y no todos siguiendo el estilo modernista. A principios del siglo XX, Barcelona tenía una población que superaba el medio millón de habitantes después de las agregaciones a su término municipal de los antiguos pueblos de Sant Martí de Provençals, las Corts de Sarrià, Gràcia, Santa Maria de Sants, Sant Gervasi de Cassoles y Sant Andreu de Palomar en el año 1897, convertidos desde entonces en distritos de la ciudad.
Como era habitual en estas verdaderas obras de arte total del Modernismo, Domenech se rodeó de colaboradores que dejaron su particular huella tanto en el programa escultórico como en el ornamental. Es el caso de las intervenciones escultóricas de Pau Gargallo, Eusebi Arnau y Francesc Modolell, el pintor Francesc Labarta y el mosaicista Mario Maragliano. Estos últimos dieron forma a los cinco frisos monumentales estratégicamente situados en la fachada del edificio de la Administración que, en sí mismos, son un resumen de la historia del hospital, desde la Santa Creu hasta Sant Pau.

El traslado de los facultativos y de sus pacientes desde el viejo hospital del Raval hasta las modernas instalaciones del Guinardó había empezado, aunque de manera parcial, en 1916. Los nuevos equipamientos se dieron por terminados con la inauguración oficial que protagonizó el rey Alfonso XIII en el año 1930. En esa fecha se iniciaba para el hospital un nuevo capítulo de su historia. Y también para el monarca.


Barrio del Raval, Barcelona, 17 de abril de 1401

La historia centenaria del hospital había empezado más de seis siglos antes, el 17 de abril de 1401. Ese día se celebraba, en el barrio del Raval de Barcelona, el acto de inauguración oficial de las obras del nuevo hospital general de la ciudad. Se pusieron solemnemente, las primeras cuatro piedras del nuevo recinto que estaba llamado a convertirse en la institución asistencial más relevante de la capital catalana y de todo el país. En el acto participaron las autoridades reales al lado de las eclesiásticas y de las civiles de Barcelona, en representación de las instituciones que habían hecho posible aquel nuevo y transcendental equipamiento.

La monarquía había otorgado toda la significación posible a aquella obra. La colocación de la primera piedra correspondió al monarca mismo, Martín el Humano; la segunda, a su esposa, la reina María; la tercera, al príncipe Martín I el Joven, rey de Sicilia, representado por Jaume de Prades; y finalmente, la cuarta, al obispo de Barcelona Joan Armengol y los consejeros de la ciudad. El cronista local más prolífico de los siglos tardomedievales y modernos de la ciudad, el notario Esteve Gelabert Bruniquer, lo describía así a mediados del siglo XVII a partir de los registros de la época, algunos de los cuales se han perdido: "A 17 de abril de 1401 todos los hospitales de pobres de Barcelona fueron reducidos en un hospital nombrado de Santa Creu, lo que significó el comienzo en el hospital que se llamaba d'en Colom, y fueron colocadas cuatro piedras en dicha obra nueva".

En el año 1401, el rey Martín I el Humano había autorizado la construcción del nuevo Hospital de la Santa Creu incluso antes de que Roma hubiese dado el visto bueno. Las obras habían empezado el mes de abril y la bula papal de Benedicto XIII no sería promulgada, en Aviñón, hasta el 5 de septiembre siguiente.
Aquel año de 1401 fue muy significativo para la historia de Barcelona y de Cataluña. Además de acordarse la creación de aquel nuevo gran hospital general, el gobierno municipal del Consejo de Ciento creó la que es considerada como la primera banca pública de toda Europa: la Mesa de Cambios y Comunes Depósitos. También es conveniente recordar que en ese mismo año, el 10 de enero, el monarca había otorgado Barcelona el privilegio de poder disponer de su propia facultad de medicina, que, por otro lado, ya existía en otras ciudades catalanas.

El nuevo centro se ubicó allá donde, desde el año 1229, se encontraba el Hospital del canónigo Colom, que continuó funcionando y quedó integrado junto con otros. pequeños cinco hospitales dentro del nuevo complejo del Hospital General de la Santa Creu. En el Archivo del Hospital se ha conservado un valioso volumen, del siglo XVII, que hasta nos muestra cuál era el aspecto de estos seis centros que se fusionaron en el nuevo hospital. Eran el Hospital Desvilar o de la Almoina, el Hospital de Marcus, el Hospital d'en Colom, el Hospital Vilar o de Sant Macià, el Hospital de Santa Eulàlia y el Hospital de Santa Margarida. Algunos de estos hospitales dependían de particulares, otros de la Iglesia y otros del gobierno municipal.

La unificación de todos los hospitales barceloneses fue posible gracias al entendimiento entre los dos titulares del nuevo centro, el gobierno municipal del Consejo de Ciento y el capítulo catedralicio de Barcelona, plasmado en el órgano de gobierno que, desde entonces y hasta nuestros días, ha regido el día a día del hospital: la Muy Ilustre Administración, conocida a menudo por su acrónimo: la MIA. A la representación del gobierno de la ciudad desde 1716, el Ayuntamiento de Barcelona- y el capítulo catedralicio se les sumó en el año 1990 la Generalitat de Cataluña. Tal como se estableció en la bula papal, la dirección del hospital quedaba a cargo de cuatro «directores o administradores»: dos civiles, escogidos por los consejeros municipales, y dos eclesiásticos, en representación de la Iglesia. Su mandato era bianual y cada año se renovaba la mitad: un ciudadano y un canónigo.

A lo largo de su historia, una de las principales funciones de la Muy Ilustre Administración del hospital ha sido el gobierno de la institución y especialmente su viabilidad económica, garantizando la percepción de ingresos que, antiguamente, dependían sobre todo de las limosnas, los donativos y los legados de particulares. El hospital también recibió varios privilegios concedidos por reyes y papas, como el de heredar los bienes de las personas que morían sin testamento o descendencia legítima, vigente desde las primeras décadas del siglo xv. Otro de los recursos económicos que permanecieron durante siglos, y hasta el siglo XX, fue la contribución económica altruista de los grandes benefactores ciudadanos que, con sus aportaciones generosas y desinteresadas, han hecho posible desde el mantenimiento continuado de la vida diaria del centro hasta la financiación de la construcción de pabellones, entre otros.
Otro de los privilegios recibidos para contribuir a su financiación fue el llamado «de las comedias», otorgado en el año 1587, por el rey Felipe II de Castilla, por el cual el hospital recibía el derecho exclusivo de las representaciones teatrales en la capital catalana. El teatro, construido en la parte baja de la Rambla, fue durante mucho tiempo el único de la ciudad hasta que se construyó el Gran Teatro del Liceo a mediados del siglo XIX. Después de haber sufrido varios incendios y reconstrucciones, este equipamiento, ya completamente desvinculado del hospital, todavía existe en la actualidad con el nombre de Teatro Principal, y es el más antiguo de la ciudad.

El Hospital de la Santa Creu fue, durante los primeros cinco siglos de trayectoria, el único hospital general de Barcelona. Con el paso de los siglos, otros establecimientos también fueron vinculados a la estructura organizativa del hospital, como el Instituto Mental de la Santa Creu, el Hospital de Leprosos de Can Masdéu, la Granja de la Santa Creu y la Casa de Reposo de Betlem. Desde la edad media, en otras capitales catalanas también había habido hospitales, e incluso algunos de más antiguos, pero ninguno de estos llegó a tener la proyección del de Barcelona. Son, por ejemplo, los de la Santa Creu de Vic, Santa Maria de Lleida, Santa Tecla de Tarragona, Santa Caterina de Girona, Sant Joan de Reus o Sant Andreu de Manresa. Las Ordenaciones que regularon el funcionamiento del hospital general barcelonés, redactadas en el año 1417, regulaban el régimen de trabajo del personal del centro, y ahora estos documentos son de gran interés para acercarse al perfil de sus usuarios. Según se lee en el texto, el hospital asistía a personas en situación de pobreza, enfermas o sanas, de cualquier edad y condición: «hombres y mujeres pobres, lisiados, tullidos, orates, heridos y con otras miserias humanas, niños abandonados y otras personas miserables de varias naciones y condiciones». En los primeros tiempos, la Santa Creu era fundamentalmente un hospital para enfermos pobres.

Lo cierto es que el recinto hospitalario del Raval iniciado en el año 1401 se amplió de forma continuada a lo largo de los siglos. La financiación de la obra fue posible, en lugar, gracias a las donaciones la monarquía ese mismo año, que no solo aportaron recursos económicos, sino también materiales, como la piedra que originariamente estaba reservada para la construcción de un nuevo palacio real en la ciudad. Además de las donaciones reales, también se contaban con las particulares. Esta ha sido una constante a lo largo de la historia del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau:la implicación altruista de la sociedad civil catalana en el sustento económico de la institución. Los documentos más antiguos conservados de esta participación ciudadana son de 1402, cuando el carnicero Ponç Pinós y el herrero Pere Garriga, albaceas del maestro de obras Bartomeu de Massafrets, ejecutaban sus últimas voluntades: hacer donación de unas tierras al lado de donde se encontraba la pedrera de Montjuïc utilizada para extraer materiales para la construcción del nuevo complejo hospitalario.

Hasta el siglo XVI no culminaron las grandes naves laterales que rodean el patio gótico. Décadas más tarde, en el año 1680, se inauguró la nueva Casa de la Convalecencia, que también sería conocida popularmente como el Hospital de Sant Pau por la escultura del apóstol que preside el patio, en honor de Pau Ferran, el barcelonés que, con su legado, hizo posible la construcción del edificio. Por otro lado, en la parte más cercana a la calle del Carme se construyó, a partir de 1760, el nuevo Real Colegio de Cirugía, impulsado por Pere Virgili, que en el siglo XIX se convertiría en la facultad de medicina después de la restauración de la Universidad de Barcelona.. A partir del derribo de las murallas en el año 1854 y de la aprobación del Plan del Ensanche en 1859, el Hospital de la Santa Creu empezaba a ser insuficiente para la primera ciudad española que había organizado una Exposición Universal y que extendía sus calles y avenidas por los terrenos todavía vírgenes más allá del límite que hasta entonces había sido Barcelona.

Este era el retrato del viejo hospital del Raval que hacía la guía urbana Barcelona en la mano del escritor Josep Roca i Roca, publicada en 1895, al final del primer gran capítulo de la historia de la Santa Creu:

"Si un día respondió con holgura a las necesidades de Barcelona, hoy, englobado en la masa de la población, y situado en el centro de un barrio populoso, adolece de gravísimos defectos, como son la escasez de ventilación y de espacio. Cierto que en algunas salas se revela aún la suntuosidad de este antiguo establecimiento benéfico; pero la higiene demanda hoy condiciones especiales que no es susceptible de tener este antiguo edificio, el cual, por su carácter de establecimiento de beneficencia particular, queda a cubierto de la acción decisiva de las autoridades y corporaciones oficiales".


El arquitecto y Sant Pau

Unos breves apuntes biográficos

Lluís Domènech i Montaner (1849-1923) es hijo de una familia culta y progresista, de clase media acomodada barcelonesa. Su padre, Pere Domènech i Saló, tenía un taller de encuadernación de libros que, con el tiempo, se fue especializando en la fabricación de volúmenes de artista hasta convertirse en uno de los mejores encuadernadores del país en este ámbito. El negocio familiar permitió al joven Domènech conocer de primera mano disciplinas como el diseño gráfico y convivir con artistas, escritores e ilustradores. Este hecho influyó enormemente en su técnica como dibujante y lo introdujo en el conocimiento y uso de los colores y las tonalidades. Durante aquellos años colaboró de manera activa en el diseño de las cabeceras de las principales revistas catalanistas del momento.

Según cuentan varias biografías, era un personaje tímido, de pocas palabras, con una sensibilidad artística muy especial. Hombre contradictorio, era susceptible, mordaz y decía todo lo que pensaba. lo que le conllevó más de un disgusto a lo largo de su trayectoria personal y profesional. Aunque nació en Barcelona, siempre estuvo muy vinculado a Canet de Mar, población de donde provienen tanto su madre como su esposa, con quien tuvo ocho hijos.

Ya licenciado en ciencias exactas, físicas y naturales por la Universidad de Barcelona y después de empezar los estudios de ingeniería, optó por la carrera de arquitectura. A los veinticuatro años obtuvo el título de arquitecto por la Escuela Especial de Arquitectura de Madrid, la única escuela oficial que existía en esos momentos en el Estado. Al terminar sus estudios, emprendió un viaje que lo llevó por Francia, Suiza, Italia, Alemania y Austria, interesado como estaba en conocer la arquitectura y las obras que se estaban haciendo en Europa en ese momento. El hecho de ser poliglota le permitió adquirir conocimientos sobre las nuevas técnicas y materiales usados en la construcción de edificios y leer revistas especializadas de otros países, sobre todo de Alemania. La arquitectura de este país, que contaba con una escuela muy innovadora, fue una de las que más lo impactó
Ya de nuevo en Cataluña, Domènech inició su carrera profesional como arquitecto. En sus obras aplicaba todo lo que la disciplina le había aportado hasta el momento, todo lo que había visto y aprendido tanto en la Escuela, como a lo largo de sus viajes y de sus lecturas. De esta manera, la práctica arquitectónica se convirtió en su auténtica vocación, sin olvidar las otras facetas que lo hacían un hombre polifacético, humanista y amante de la historia. Fue una persona comprometida que participó activamente en la política catalana de finales del siglo XIX y principios del XX. No obstante, desengañado de esta actividad, ya bien entrado el nuevo siglo, Domènech i Montaner decidió dedicarse por completo a la arquitectura.

Suyos son algunos de los edificios más singulares de Barcelona, como el Café Restaurante de la Ciudadela, la Fonda España, la Casa Lleó Morera o el Palau de la Música Catalana, entre otros. El Hospital de la Santa Creu i Sant Pau fue su última obra y una de las más complejas de su trayectoria, ya que se convierte en un compendio del estilo modernista donde convergen la totalidad de las artes decorativas aplicadas en la arquitectura.

Su contribución al movimiento modernista fue más allá de las obras arquitectónicas. Su manifiesto «En busca de una arquitectura nacional» (febrero de 1878), publicado en la revista La Renaixença, fue una declaración de principios sobre cómo tenía que ser la arquitectura catalana. Domènech idealizaba la Cataluña medieval como uno de los momentos de máximo esplendor y autenticidad, y apostaba por reforzar la identidad catalana del presente con los referentes del pasado. De hecho, se convirtió en un experto en armas medievales y heráldica, un tema muy presente en Recinto Modernista.


Por David Sánchez y Noelia Vela



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